Poema / Plegaria

En Diciembre de 2021, participé en un retiro budista, impartido por Tony Karam, director de Casa Tibet; durante el retiro nos compartió esta plegaria hebrea que me pareció hermosa y desde esa fecha, la he traído muy presente.

Me parece una lista de maravillosos deseos y a la vez, una hermosa lista de recordatorios personales, para vivirlos todos los días.

Espero te guste y que ilumine tu corazón y tus días, como lo ha hecho conmigo.

«Que tus despertares te despierten. Y que al despertarte, el día que comienza te entusiasme.
Y que jamás se transformen en rutinarios los rayos del Sol que se filtran por tu ventana en cada nuevo amanecer.
Y que tengas la lucidez de concentrarte y de rescatar lo más positivo de cada persona que se cruce en tu camino.
Y que no te olvides de saborear la comida, detenidamente, aunque «sólo» se trate de pan y agua.
Y que encuentres algún momento durante el día, aunque sea corto y breve, para agradecer por el milagro de la salud, ese misterioso y fantástico equilibrio interno.
Y que logres expresar el amor que sientes por tus seres queridos.
Y que tus brazos, abracen. Y que tus besos, besen.
Y que los atardeceres te sorprendan, y que nunca dejen de maravillarte.
Y que llegues cansado y satisfecho al anochecer por la tarea satisfactoria realizada durante el día.
Y que tu sueño sea calmo, reparador y sin sobresaltos.
Y que no confundas tu trabajo con tu vida, ni tampoco el valor de las cosas con su precio.
Y que no te creas más que nadie, porque, solo las personas ignorantes desconocen que no somos más que polvo y ceniza.
Y que no te olvides, ni por un instante, que cada segundo de vida es un regalo, un obsequio, y que, si fuésemos realmente valientes, bailaríamos y cantaríamos de alegría al tomar conciencia de ello. Como un pequeñísimo homenaje al misterio de la vida que nos acoge, nos abraza y nos bendice.
– Antigua plegaria hebrea

Gracias por leer.

30 años como Budista

Este año, 2022, es mi año número 30 practicando el Buddhadharma (o Budismo para quienes gustan de las etiquetas comunes pero imprecisas) como mi filosofía de vida y como una experiencia en mi día a día.

Cuando empecé a practicar lo que el Buda enseñó, tenía yo 14 años, y mi meta era dejar de tener una mente llena de miedo, enojo, adicción, rechazo, juicios, y frustración, además de buscar mejorar mi convivencia con las personas en mi vida, sobre todo con mi familia cercana.

Años más adelante, como a mis 24 años, cuando ya estaba viviendo los frutos de mi práctica, decidí que no quería casarme con ninguna tradición Budista y que iba a ser una suerte de «turista del Dharma» quería conocer tantas tradiciones de Buddhadharma como me fuera posible, para entender cómo vivían y aplicaban lo que a mí parecer son las enseñanzas centrales del Buddha: las 4 Nobles verdades y el Noble Óctuple Sendero.

Y lo logré :D.

A lo largo de estos 30 años he podido practicar y convivir de cerca con personas de la Nueva Tradición Kadampa, de la tradición Karma Kagyu o Camino del Diamante, de tradiciones de la escuela Gelugpa, también con personas de la tradición del Budismo Chan, con los Dharma Punx que son muy afines con la escuela Nikaya y finalmente con personas de la tradición del Budismo Zen, tanto de la escuela Soto como de la escuela Rinzai.

Es con los Dharma Punx, de la escuela budista Against the Stream y dentro del Zen, donde me siento más a gusto y en casa.

Hoy en día, frecuento la Sangha (comunidad Budista) de Dhammapada, una comunidad Zen con sabor al Río de la Plata y al Valle de México.

Ha sido una chulada de viaje de búsqueda interna, que empezó una mañana en la escuela secundaria, en la clase de historia universal, donde vimos la historia de India.

El libro de historia, mencionaba al príncipe Sidharta Gautama, también conocido como el Buda, en el libro y en la explicación del maestro Cachú, el Buda no era un santo, tampoco un místico, ni era un dios o semidiós, tampoco era un profeta, solamente era una persona, que decidió buscar la paz interior y la salida al sufrimiento, en un lugar diferente a la religión de su época y al mundo material de su época.

Para mí, que había sido educado católico, la idea de que una persona NORMAL como yo, haya logrado todo eso y que además haya dejado un mapa, y que no tuviera intermediarios como sacerdotes, cardenales o papas, se me hizo algo maravilloso y sonó como algo que yo podía lograr, que por lo menos podría intentar.

Así que ese día fui a la biblioteca de la escuela y encontré un pequeño folleto, que tenía lo que yo creo que es la esencia de la filosofía de Sidharta Gautama: las 4 Nobles Verdades, y el Noble Óctuple Sendero.

Además, tenía unas brevísimas instrucciones para sentarse a meditar.

Esa misma noche probé mi primera meditación, se sintió raro el asunto, pero a la vez sentí mucha paz y una profunda liberación que duró un par de segundos.

Esa primer impresión fue tan fuerte, tan bella y tan deliciosa, que de inmediato quise más, y comencé a meditar diario y a tratar de entender y sobre todo aplicar a mi vida las ideas y conceptos que le permitieron despertar a Sidharta para convertirse en el Buda.

Con el tiempo leí más libros (muchos más) sobre el tema, platiqué con varios maestros y practicantes, y poco a poco, día tras día, logré pasar de esa mente que describí al inicio de este post, llena de caos, confusión e ignorancia a una mente más clara, más ecuánime y mejor entrenada.

Para nada soy un santo, o un ejemplo de practicante budista y en mi mente siguen surgiendo el miedo, la ira, la frustración, los juicios y la adicción (entre otras cosas), la diferencia es que hoy ninguna de esas cosas me domina, hoy puedo elegir observarlas surgir y dejarlas pasar, hoy me puedo relacionar diferente con mi mente, con ecuanimidad, atención plena, compasión, amabilidad y claridad.

Tal vez hacia afuera no he cambiado mucho, y habrá quien sostenga que soy el mismo mequetrefe egoísta y enojón que siempre he sido.

Pero este viaje nunca lo hice para cambiar la opinión de nadie sobre mí, lo hice para cambiar las cosas dentro de mí, lo hice para que vivir dentro de mí, no sea una pesadilla y sea un viaje que disfruto a cada minuto.

Y vaya que lo he logrado.

Gracias a todas las personas que han sido parte de este viaje, si las menciono a todas por nombre, me acabaría el espacio en mi blog. 🙂

Gracias por leer.

Juan.

Fragilidad y vulnerabilidad

Desde hace 4 meses y hasta hace un par de días, las palabras que mejor definen cómo me he sentido y cómo me percibo son: FRÁGIL Y VULNERABLE.

El proceso de recuperación de una operación de hernias bilaterales, no ha sido un asunto fácil, ni física ni mentalmente.

Dolía estornudar, dolía reír, dolía caminar, dolía acostarme, dolía levantarme, dolía sentarme…y por consecuencia, tenía incomodidad física constante.

El dolor y la incomodidad físicos ahora me son muy, muy familiares y ya se convirtieron en compañeros de viaje, decidí aceptarlos y seguir adelante con ellos de la mano.

El reto emocional lo abordé con todo el buen humor y sonrisas que pude, y con toda la atención plena y ecuanimidad que tenía disponibles.

Creo que avancé mucho en ambos temas, fueron 4 meses de práctica intensa. XD

Hoy me siento feliz y agradecido de poder entrenar boxeo sin sentir que se me abre la barriga y con un menos de miedo a que se rompa algo en mi cuerpo.

Mañana no sé si el dolor va a regresar o si un dolor nuevo aparecerá, pero hoy agradezco y disfruto, sin apego, sólo presente y atento.

Mi mantra para esos meses de dolor e incomodidad, y en general para todos los días ha sido: Todo cambia, nada permanece.

Cada vez que me sumerjo en ese mantra, me tomo todo con más calma, y me abro a aprender de todo y a disfrutar de todo lo que puedo.

Gracias por leer y gracias a mi familia y sobre todo a mi pareja (you rock PinkySEAL) por toda la paciencia, cuando me cuidaron y atendieron. 😀

Juan.

Reflexiones sobre la mente

Después de 30 años de leer y platicar sobre la mente humana con otros practicantes y maestros budistas, y claro, después de haber entrenado la mía por 30 años, he llegado a algunas conclusiones interesantes.

  1. Renacimiento o reencarnación.
    Personalmente, creo que al morir, la consciencia deja el cuerpo, y se lleva a la mente sutil con ella.

    Como ya no hay cuerpo, no hay límites físicos para la mente/consciencia y ésta hace aquello que está habituada a hacer: si está habituada a estar en paz y ecuanimidad, pues estará en paz y ecuanimidad, si está habituada a estar en el chisme y juzgando, pues eso hará.

    Y con esa mente/consciencia habitual uno crea su siguiente renacimiento, eligiendo un mundo/momento en donde las circunstancias generales, reflejan la mente/consciencia que uno tiene.

    Una vez elegido el mundo apropiado, Et Voilá! aparece uno ahí como sea que las reglas de ese mundo lo ameriten.

    Dentro de esta idea, creo que si uno cree firmemente que se irá al cielo y que ahí se encontrará con sus seres queridos, y la propia mente esta habituada a esa idea, pues lo más probable es que uno se vaya a ese cielo.

    Pienso lo mismo para el infierno, aunque yo no creo en ninguno de los dos para mí.

    Todo esto que escribí, desgraciadamente no puedo probarlo, pero para fines prácticos, es totalmente irrelevante.

    Me explico.

    Vivir mi vida con una mente llena de compasión, atención plena, sabiduría intuitiva, gozo, amor, ecuanimidad y desapego, puede asegurarme un renacimiento bien sabroso, si creemos lo que escribí arriba.

    Pero si no creemos lo que escribí arriba, de todas maneras esa mente es una excelente mente para andar por la vida y por el mundo.

    Así que decido cultivar diario esa mente, para vivir la mayoría de mis días así de cool.

    Si al final de mi camino en la Tierra descubro que no hay nada más allá, pues me la pasé muy bien mientras duró el asunto.

    Si resulta que después de la muerte comienza otro ciclo de vida, y que me llevo mi mente o parte de ella conmigo, pues qué buen equipaje me estoy llevando.

  2. La renuncia.
    Es frecuente pensar que cuando uno se va de retiro es para dejar el mundo atrás y que para realmente ser feliz uno renuncia a todo lo sabroso del mundo, como las posesiones.

    Pero no, uno no renuncia a sus posesiones, no se trata de ser un monje que vive con 2 túnicas y un calzón, para mí, se trata de renunciar a la mente que se apega sin control, se trata de renunciar al hábito de fincar mi felicidad y paz mental en los objetos, experiencias y circunstancias del mundo físico.

    Uno se retira de la mente caótica, uno renuncia a su ignorancia, pero uno sigue en el mundo, y replantea su relación con él, usando una configuración mental nueva.
  3. El estado de Buda o de estar despierto.
    Seguro habrá quienes han vivido esto como una hermosa experiencia de éxtasis místico.

    Pero también estoy 100% seguro de que habemos personas que la hemos vivido más cotidiana y de a poquito.

    En pequeños tragos de tomar consciencia, que terminan un día como la profunda comprensión de qué tan dormido había vivido uno, pasando un día tras otro en un estado de piloto automático lleno de hábitos neuróticos, vacíos de significado real y que traemos instalados en los genes, y que el entorno refuerza.

    Ese despertar lento, lo veo como un arroyo que poco a poco se convierte en río, sigue aumentando su caudal, más amplio y profundo (metáfora de la comprensión), hasta que se convierte en un océano.
  4. Las formas y los rituales son importantes, pero no son lo más importante.
    Realmente no importa tanto cuántos textos budistas puedes citar o cuántas palabras rimbombantes en sánscrito puedes decir, si no estás comprendiéndolas y aplicándolas a tu vida, ya, aquí, hoy.

    Aplica los mismo para los rituales.

    No digo que no sirvan, sino que son una muleta, una ayuda a crear familiaridad en nuestra mente con ciertas ideas de hacer y proceder.

    Hay que darle su importancia a los rituales, pero siempre cuidando que no terminen siendo más importantes que la práctica personal en el día a día.

    Gracias por leer.

    Juan.